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La ciencia detrás del maillot térmico: por qué algunos abrigan y otros no

Hace dos inviernos me gasté casi 90 euros en un maillot térmico que, según la web de la marca, era «ideal para rodar por debajo de los 5 grados». Salí un domingo de enero, subí el primer puerto sudando como siempre, y a la bajada el pecho se me quedó helado en cuestión de minutos. No era un maillot malo del todo. El problema, me di cuenta después de preguntar a un compañero que trabaja diseñando ropa técnica, es que casi nadie compra fijándose en lo que de verdad importa: cómo está construida la prenda por dentro, no cuánto forro tiene.

El grosor del forro polar ayuda, sí. Pero no es lo que decide si abrigas de verdad ahí fuera. Lo que decide es si la prenda está pensada por capas o si es, básicamente, una tela gruesa con forma de maillot.

Un maillot de invierno bien resuelto suele llevar tres capas trabajando a la vez. Por fuera, un tratamiento cortavientos concentrado en el pecho, los hombros y la parte delantera de las mangas —justo por donde te entra el aire cuando vas inclinado sobre el manillar. Por dentro, el forro que retiene el calor, que es donde casi todas las marcas ponen el foco de su marketing («300 gramos de brushed», «doble capa térmica»…).

Y pegada a la piel, una tercera capa que tiene que sacar el sudor hacia fuera, porque si te quedas húmedo por dentro el frío se nota el doble, por muy grueso que sea el forro. Aquí está la trampa en la que caí yo: un forro grueso sin panel cortavientos delante sigue dejando pasar el aire. Y por eso mi maillot «ideal para 5 grados» no cumplía en la bajada, justo cuando más lo necesitaba.

Fíjate también en la espalda la próxima vez que pruebes uno en tienda. Suele llevar una malla mucho más fina que el pecho, y no es un descuido ni un recorte de costes: ahí generas calor pedaleando, así que interesa que respire en vez de que abrigue más. Si toda la prenda es la misma tela de principio a fin, probablemente no se diseñó pensando en cómo se usa realmente encima de la bici.

Hay algo de esto que la mayoría de ciclistas no sabe, y que a mí me sorprendió cuando lo pregunté: muchas marcas de ropa técnica, sobre todo las pequeñas o las que acaban de empezar, no desarrollan su propia tela térmica desde cero. Montar un sistema de tres capas que funcione de verdad exige pruebas de resistencia al viento, de transpirabilidad, de comportamiento con el sudor… y eso cuesta dinero que una marca nueva casi nunca tiene para invertir por su cuenta.

Lo habitual es que trabajen con fabricantes textiles que ya tienen ese tejido desarrollado y probado, y que además pueden producir en tiradas pequeñas sin obligar a la marca a encargar miles de unidades de golpe. Renrui Textile es de ese tipo de fabricante: trabaja con marcas deportivas que necesitan sacar prendas técnicas en cantidades reducidas, sin el mínimo de pedido gigante que piden las fábricas tradicionales.

Para una marca de ciclismo pequeña esto es la diferencia entre lanzar una colección de invierno bien hecha o conformarse con tela genérica porque no puede cubrir un pedido mínimo de 5.000 piezas. Desde aquel domingo helado, esto es lo que miro yo antes de comprar cualquier maillot de invierno:

Si tiene un panel cortavientos claramente distinto en el pecho y la parte delantera de las mangas, o si es la misma tela en toda la prenda. Si la espalda es visiblemente más fina y transpirable que el frontal. Y si la marca explica de qué está hecho por dentro, o solo escribe «forro polar» y ya está.

Cuando la ficha de producto no responde a esas tres cosas, casi seguro que nadie pensó la prenda por capas. Y ese es justo el tipo de maillot que te deja tiritando a los veinte minutos, con o sin factura de 90 euros de por medio.

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